La parte inhumana de los que somos artistas reside en la quinta costilla de nuestra musa. Allí donde la luz jamás traspasa los barrotes y el primer impulso siempre se torna en el más lógico. Allí, donde la fauna y la flora se alimentan del fango y el estiercol. Donde lo bonito no tiene porqué ser agradable a la vista si proviene de las vísceras profundas. Cuando escribes, no por gustar, sino porque lo sientes de dentro, justo en esa costilla impareja, como tu alma y el calcetín de la cama.
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