Me gustas tanto
que me arrancaría las venas a bocados.
Encima yo,
que soy anoréxica
y me encanta cómo cocinas.
Encima yo,
que soy diabética
y tú no paras de endulzarme los poemas.
Encima yo,
que soy sorda
y no puedo parar de escuchar tu música.
Encima tú,
que eres poesía y yo analfabeta.
Fibonacci de su ilógica
Cuando el latido del corazón derecho se estrella contra tu sonrisa. Cuando la sucesión de Fibonacci se torna en finita porque las matemáticas han dejado de tener sentido sino es sobre tu epidermis. Cuando te escapas de entre mis dedos y sonríes ladeado. Cuando vuelves aún sin haberte marchado y me escapo. Porque soy de huir y lo siento.
Siento si soy de gelatina y me resbalo de tu cuchara cuando intentas comerme. Perdona por ser ese calcetín desemparejado, o el espagueti que se desliza de entre los demás hasta regresar a tu plato. Siento ser la carcajada que nunca se escucha por falta de aire; o el rayo de luz que nunca te toca porque antes se convierte en sombra.
Siento ser el piano que nunca te escucha porque prefiere estar sonando, pero es que joder, ayer le hablé de ti al desierto y empezó a llover como si no hubiera mañana.
Siento si soy de gelatina y me resbalo de tu cuchara cuando intentas comerme. Perdona por ser ese calcetín desemparejado, o el espagueti que se desliza de entre los demás hasta regresar a tu plato. Siento ser la carcajada que nunca se escucha por falta de aire; o el rayo de luz que nunca te toca porque antes se convierte en sombra.
Siento ser el piano que nunca te escucha porque prefiere estar sonando, pero es que joder, ayer le hablé de ti al desierto y empezó a llover como si no hubiera mañana.
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