Bonita y sin escrúpulos

Me encanta llevar mi desequilibrio con disimulo. Que no se note ni se huela. Que te pille por sorpresa y contra la pared acolchada de la habitación blanca y sin salida.

Me encanta porque es como ver la obscenidad de una niña chupando un caramelo, donde ambos sabemos que la niña no es tan niña y que el caramelo tiene algo de morfina y derivados.

Es una locura sutilmente letal, que va rozando de a poquito como las esposas contra las muñecas.

Es más bien improvisada, como un buen guión de melodramatismo refinado.

Es como la novia cuando viste de blanco aunque todos sepamos lo mucho que ha pecado; o como el músico que compone para el sordociego que jamás le ha mirado.

El jugar con ella es como bailar un vals con el diablo y esperar no tropezarte con su rabo.

Es tan efímera como su infinita conciencia le consienta, a la que por cierto, se la comió un lobo el mes pasado con letargo y sin escrúpulos.

No hay comentarios: