Maldito escandinavo

A flor silvestre en campo santo visitó el escandinavo.
Sorprendido, se detuvo a observarla. Vivos colores
y nuevos olores brotaban de ella.
El escandinavo observó la tierra seca, pocas lluvias
la habían regado. Sin pensarlo dos veces sacó su botijo
de agua y comenzó a regarla. Cansado por los largos
kilómetros decidió echarse una siesta a su lado,
en el campo santo.
Una vez despertó quedó asombrado. Su color y olor
habían mejorado, la flor era aún más bella.
Ni imaginarlo siquiera.
Ya descansado, el escandinavo decidió seguir su camino.
Enamorado de la flor que había regado decidió coger
sus rudas manos y arrancarla del campo santo.

-¡Tengo una flor! -gritó entusiasmado-.

Pasaron los pasos, la flor sin raíz
y tallo desgarrado; perdió el matiz
y el color apagado.

La flor murió
a los cuatrocientos pasos.

Recuerda escandinavo,
a flor silvestre
riégala,
pero no le cortes el tallo.

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