Por primera vez, quiéreme.
Soy de extremos opuestos y polos desigualados que vacilan entre
cosas no muy convencionales, lo sé.
También es cierto que más que un café solo, lo prefiero contigo; pero tú
siempre fuiste de cortado y no es porque seas algo tímido.
Pero por cuadragésima vez, quiéreme.
Esto es lo único que vas a sacar en claro de aquí; porque
verás, eres de esas personas que me llenan las medias lunas y sacan la lobita
presumida que hay en mí. De esas que me desorbitan las constantes vitales y me
hacen suspirar por el aire que me falta. Pero ese es el problema, que me faltas
y no sé. Te miro y no sé si me enamoré de la piedra o del tropiezo y lo borro y
vuelvo a empezar y sigo sin saber.
Quiéreme, por enésima vez.
Sabes que no te lo pediría si en tus costillas no cupiese la
posibilidad. Y es cierto que te alejas de mí, pero el puto problema es que
nunca terminas de irte. Ni de dolerme. Ni de quererme.
Y no me pidas que sea yo la que me vaya porque ya vendí esos
zapatos hace tiempo. Además, contigo se me ha olvidado el andar en direcciones
opuestas a tus manos y ladridos.

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